
Siempre que miro a este retrato me quedó un poco descolocado porque creo que me parezco bastante a él cuando tengo barba, aunque la mía es pelirroja. Este hombre en cuestión era un sacerdote de Serapis de la localidad de el-Fayum en Egipto, y este retrato se encontraba en su sacófago. Si mal no recuerdo éste en concreto era del siglo II d.c. y por tanto de época grecorromana; lo curioso es que este tipo de retratos tiene elementos egipcios y helenizantes, como por ejemplo tener un sarcófago tan egipcio como los del imperio nuevo pero en vez de una cabeza modelada semejante a la archifamosa de Tutank-Amón, un retrato pintado. Difícilmente se podría imaginar, el pobre hombre, que dieciocho siglos después unos cuantos arqueólogos fueran a profanar su tumba y exhibir su retrato como si fuera una pintura de Apeles (el retratista de Alejandro Magno).
Aunque suena a paranoia me sorprende bastante el hecho de que los paganos orientales creyeran en la transmigración de las almas, por ejemplo Platón, de manera que te encarnarías en según qué tipo de ser vivo según hubieras obrado. Lo más curioso de todo es que mi tesis doctoral trata sobre el Sol Invictus, conocido fundamentalmente en Egipto como Serapis.
Creo que después de tener que leer últimamente unas cuantas cosas sobre la reencarnación en el mundo antiguo me he afeitado la barba, rejuveneciendo 6 años por lo menos. Lo más curioso de todo es que la barba me la dejo o bien por dejadez, o bien para no lastimar a las chicas con las que he estado (lija pura y dura mi barba de 3 días). Pero ahora casi prefiero verme la cara durante una bueeeeeeena temporada, a pesar de que alguna que yo me sé me diga que me queda mejor la barba.
Lo más curioso de todo es que no he debido ser el único que ha tenido paranoias con esto, ya en los años veinte Kavafis, un poeta greco-egipcio, lloraba la muerte de su padre de esta manera.
Un Sacerdote de Serapis
A mi anciano buen padre,
que con amor inquebrantable siempre me quiso;
a mi anciano buen padre lloro,
que anteayer murió,
poco antes del amanecer.
Cristo Jesús, guardar los mandamientos
de tu iglesia sacrosanta,
en cada uno de mis actos y en cada palabra,
en cada pensamiento, es mi esfuerzo cotidiano,
Golpea al incrédulo señor con todo el poder de tu palabra triunfante,
pero permíteme afligirme un poco Señor.
Señor mío permíteme un gemido de compasión y remordimiento,
por la muerte de mi querido anciano padre
que fue, por favor perdóname pero debo decirlo,
sacerdote pagano en el templo de Serapis,
del maldito Serapis de Alejandría.
Edito* El poema se contextualiza en el siglo IV d.c. momento en el que los cristianos se empiezan a hacer con el poder en el Imperio Romano. Por lo tanto Kavafis no está llorando a nadie...