sábado, 3 de diciembre de 2011

Cariclea


Cuando apareció la hija de la mañana, la aurora de rosados dedos, como habría dicho Homero, y cuando salió del templo de Ártemis la bella y sagaz Cariclea, sólo entonces nos dimos cuenta de que no era invencible Teágenes, sino que podía ser derrotado; aunque eso sí, únicamente por el hecho de que una belleza femenina en toda su pureza es más seductora que la del que se juzgue primero entre los hombres. Iba ella montada en una carroza cubierta conducida por una yunta de bueyes blancos, llevaba puesta una túnica purpúrea que le cubría hasta los pies, enteramente bordada de rayos de oro y sujeta a la altura del pecho con un ceñidor. El artista que lo había fabricado había desplegado todas sus artes en este cinturón, y ni creo que antes haya hecho otro semejante, ni creo que después habrá podido igualarlo. Había representado dos serpientes con la cola enrollada en la espalda de la muchacha; había hecho pasar sus cuellos por debajo de los senos, y los había entrelazado en un complejo nudo, dejando que las cabezas sobresalieran de la lazada, de manera que formasen el resto del cinturón, que quedaba colgando a cada lado. Se hubiera podido decir que las culebras no es que pareciesen reptar, sino que reptaban realmente. No infundían temor por su aspecto salvaje y cruel, sino que estaban sumidas en un lánguido sopor, como adormecidas de placer en el pecho de la muchacha. La materia de que estaban fabricadas era el oro, pero eran de color oscuro, pues el oro estaba artísticamente bruñido, con el fin de que lo negreante mezclado con lo rubio produjera la impresión de la aspereza y de los reflejos cambiantes de las escamas. Así era el ceñidor de la muchacha. En cuanto al pelo, ni estaba totalmente trenzado ni totalmente suelto; la mayor parte, es decir, la que caía bajo el cuello, se ondulaba sobre los hombros y la espalda; la parte alta de la cabeza y de la frente estaba sujeta con retoños tiernos de laurel que formaban una diadema para su pelo rosado y rubio como el Sol, y que impedían que el viento los afease o descompusiese. Llevaba en la mano izquierda un arco dorado, y una aliaba pendía de su hombro derecho. En la otra mano tenía una antorcha encendida; aun así, el resplandor que salía de sus ojos iluminaba más que el de la tea.

Heliodoro de Emesa, Teágenes y Cariclea., III, 4-6.

De vez en cuando, trabajando uno se encuentra con relatos como éste. No es un libro para todo el mundo, ascetismo pagano y mitología en vena, pero es un gran libro.

6 comentarios:

Pio dijo...

A me ha gustado, muy bonita la descripción y poética, voy a buscar el libro a ver jejeje

Te puedes creer que cuando estuve en los Uffici, no recuerdo a ver visto la Venus, o tengo memoria pez, o estaba hasta las narices de ver cuadros que se me paso XDXDXD

NaoBerlin dijo...

JAJAJAJA bueno por una vez no pasa nada, pero como vayas otra vez y no te acuerdes el que te mata soy yo xDDD

Me alegra que ye haya gustado el relato :) De todas formas te aviso que tiene alguna parte un poco densa, pero lo cierto es que estoy enganchado. En castellano la edición de Gredos es la mejor.

JOAQUIN DOLDAN dijo...

vale la pena leer

Pio dijo...

sipp, acabo de buscarlo, es un tochón, a ver si lo encuentro en alguna biblio. ya que estas puesto en la material, una pregunta te has leido antígonas o algo de aristófenes, es que vi que representaron las obras en Mérida y me entró la curiosidad pero no quiero morir en el intento de leermelas.

NaoBerlin dijo...

Sí, lo de cogerlo en la biblio es lo mejor que puedes hacer, échale un hojo y si te engancha sigue.

Por otra parte las tragedias griegas son de pocas páginas, 30 o 40 en edición de bolsillo grosso modo, y se leen fácilmente. Yo soy más de Eurípides que de Sófocles, la historia de Hipólito y también la de Medea siempre me intrigaron, pero aunque no haya leído Antígona sé de buena tinta que es muy buena.

Pio dijo...

Me las apunto a ver!