jueves, 22 de diciembre de 2011

El cadáver egipcio que hablaba...


Acababa de salir la Luna, que iluminaba todo el contorno con su blanca luz, pues era el tercer día de luna llena. Calasiris, viejo y cansado del camino, se durmió; Cariclea a quien las prolongadas preocupaciones quitaban el sueño, fue testigo de una escena impura, pero habitual entre las mujeres egipcias. En efecto, la vieja, creyendo que nadie la molestaría y que podría actuar con tranquilidad porque nadie la observaba cayó primero una joya y luego prendió dos piras, en medio de las cuales colocó el cadáver de su hijo. Sacó a continuación de una trébede que había a su lado una copa de arcilla llena de miel y la vertió sobre la hoya; hizo luego otra libación con otra de leche y finalmente una tercera de vino. Después cogió un pastel de manteca que tenía forma de hombre y tras coronarlo con laurel e hinojo lo echó también en la hoya. Acto seguido tomó una espada y, entre convulsiones frenéticas, propias de un poseso, dirigió a la Luna ciertos hechizos en lengua barbara y extranjera, se hizo una incisión el el brazo, se enjugó la sangre con una rama de laurel y roció con ella la pira. Después de algunas otras prácticas, igualmente portentosas, se inclinó sobre el cadáver de su hijo, lo conjuró con ciertas fórmulas mágicas pronunciadas al oído, le despertó y le obligó con sus brujerías a ponerse de pie. Cariclea, que ni al principio había estado espiando sin temor, sintió entonces un estremecimiento de terror y, espantada ante tales prodigios extraordinarios, despertó a Calasiris para que también él pudiera presenciar estos hechos. Como estaba en la oscuridad, no podían ser vistos, pero observaban con claridad lo que ocurría a la luz de la luna y de la pira; tampoco estaban lejos, de manera que podía oír lo que la vieja decía, pues ahora preguntaba en voz más alta al cadáver. Y lo que le preguntaba era si su hermano, el hijo que todavía le quedaba a ella, regresaría sano y salvo. El no respondió nada pero hizo una señal de asentimiento con la cabeza, que su madre podría interpretar de acuerdo con sus esperanzas; seguidamente, se desplomó tendido de bruces. Ella hizo girar su cuerpo, poniéndolo boca arriba, e insistió en su pregunta pero en términos ahora, al parecer, más violentos y conminatorios; pronunciaba de nuevo en sus oídos numerosos hechizos y se lanzaba espada en su mano alternativamente hacía la pira y hacía la hoya, hasta que logró que de nuevo se incorporara. Una vez él de pie, volvió a interrogarle acerca de lo mismo, constriñéndole a que declara con toda claridad su vaticinio, no sólo con movimientos de cabeza, sino de palabra también.

[...] Mientras todavía hablaba, el cadáver con un mormullo grave y siniestro que parecía salir de las profundidades de la tierra o del abismo de una caverna declaró:

Al principio, madre, he tenido piedad de ti, aunque quebrantabas la ley de la humana naturaleza y violentabas los sagrados ordenamientos de las Parcas. He soportado también verte mover lo inmutable con tus brujerías, sólo porque pervive aún entre los muertos un cierto respeto por los padres. Más, ya que incluso ese principio quieres, en lo que a ti concierne, destruir y no s´lo has realizado al conmienzo actos imíos, sino que has llegado ya a una maldad nefanda y sin límites, al forzar a un cadáver primero a ponerse en pie y responderte con un movimiento de cabeza, y luego también a hablar, descuidando mis honras fúnebres e impidiendo a mi alma que se reúna con las demás, sin pensar más que en servirte de mí como un instrumento, escucha lo que antes procuraba no revelarte. Ni tu hijo regresará sano y salvo, ni escaprás tú de una muerte violenta mediante un arma. Has pasado tu vida dedicada a tales ofensa sacrílegas, y por eso tendrás que arrastrar bien pronto el violento final reservado para todos los que hacen como tú. Además ni siquiera tuviste la precaución de celebrar estos abominables misterios en la soledad, el silencio y la sombra. sino que has osado practicar tu exorcismo con los destinos de los muertos en presencia de unos testigos como los que hay ahora. Uno es un sacerdote -esto no es lo peor, porque es sabio, como para poner un sello de silencia en su boca y no revelar nunca nada, y además amigo de los dioses. Su aparición, si se da prisa, evitará y pondrá fin al sanguinario combate de sus hijos, justo en el momento en que ellos, ya armados, estén apunto de darse muerte en singular combate. Pero lo que es más grave es que también una muchacha oiga y sea testigo presencial de todo esto; una pobre mujercita arrastrada por los torbellinos del amor, que vaga por toda la tierra, por decirlo así, en busca de su amado, con quien después de mil fatigas y mil peligros compartirá en los confines extremos de la tierra el relumbrante destino de una reina.

Dicho esto, se desplomó y quedó tendido en tierra. La vieja comprendió que eran los extranjeros quienes habían estado observando y, tal y como estaban armada con la espada y loca de furia, se lanzó contra ellos y se precipitó a buscarlos por entre los cadáveres. Sospechaba que se habían ocultado entre los muertos y llevaba intención de matarlo si los encontraba, como si ellos hubieran espiado sus actos de brujería con un insidioso propósito de conseguir el efecto contrario. La cólera, mientras indagaba entre los cadáveres, la cegaba, y así, sin darse cuenta, el trozo de una lanza rota que estaba en punta se le clavó en la ingle, y le atravesó de parte a parte. Cayó muerta, cumpliendo con tanta prontitud el justo castigo vaticinado por su hijo
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Tegenes y Cariclea VI, 14-15.

1 comentario:

Pio dijo...

Deu meu!! esto son palabras mayores, ya me lo leeré con ánimo jeje :P