domingo, 13 de junio de 2010

Deicalogo brasileiros



No recuerdo la primera vez que me quedé absorto observando lo que puedo alcanzar a ver desde los enormes ventanales de mi habitación en Madrid. Estoy en una residencia cerca de ciudad universitaria, y por lo tanto desde aquí no veo tendales, ni el amianto que forma parte de la techumbre de algunos edificios; sólo vegetación, un camino, y el ruido de los coches al pasar en medio de la madrugada.

Esta noche ha habido suerte y el ruido de las sirenas de las ambulancias del centro médico de Aravaca o Principe Pío, es triste pero no sé exactamente su procedencia, no me perturban por enésima vez; extrañare su ruido machacón, porque ha habido tardes y noches de un trasiego infinito en las que me gustaría haber matado con mis propias manos a los conductores en cuestión, pero ahora que voy a dejar este lugar me pongo a pensar si el problema está en mí, o bien está en el lugar.

Nunca llegaré al extremo de Marco Aurelio el cual defendía que cualquier sitio es apto para la vida, de manera que el no adaptarse a un determinado lugar es culpa de la persona, que en resumidas cuentas sería un quejica. No estoy de acuerdo al cien por cien, pero esta sentencia tiene una parte de razón y siempre hay ciertas cosas insignificantes que hacen más llevadera la vida.

Sabrá dios la razón del fondo malva que hoy posee la noche, pero precisamente es eso, un fondo que acompaña la presencia de varios espigados árboles que se mueven acompasados y mecidos por el viento de manera peligrosa hacia adelante y atrás. Sé que nunca tocarán mi ventana, pero su altura interminable me impone sobremanera, apenas mido uno ochenta y poco mientras ellos podrían medir 10 metros tranquilamente y aplastarme con la misma facilidad con que yo mismo he matado a algunas hormigas que trasiegan por la habitación de cuando en vez.

El año que viene desde mi futurible nueva ventana sólo habrá asfalto y cemento. Debería estar contento porque ya hacía tiempo que me quería ir de aquí, pero siempre me pasa igual, hasta en los sitios en los que he estado incómodo encuentro motivos para crear una cierta nostalgia, un apego. No debería atormentarme tanto por el pasado pero no puedo evitarlo, el saber el porqué de las cosas del pasado es mi cometido, defecto profesional como ya dije en otra ocasión…

Es curioso comprobar cómo cuando consigues lo que quieres, te das cuenta de que en parte eso no te hace sentir completamente bien. Posteriormente uno se enuncia preguntas como ¿Y ahora qué? ¿Hacia dónde? ¿Seguimos en la misma dirección? ¿Cambiamos totalmente? ¿O bien calibramos de otra forma y enderezamos el rumbo? Ahora mismo estoy más perdido que un pulpo en un garaje en mi absoluta compañía.

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